Cada enero, mientras media Francia corona a su “rey” por un día, en los ayuntamientos se celebra una costumbre muy particular: la Epifanía republicana, una adaptación laica de la tradicional fiesta. Aquí, la famosa galette des rois se comparte sin la tradicional fève, porque en la República no hay reyes, solo ciudadanas y ciudadanos iguales. Acompáñame a ver cómo un postre se convirtió en un símbolo de los valores republicanos y en un acto de convivencia ciudadana.
Origen de la celebración: de rito religioso a símbolo del laicismo francés
Para entender por qué un ayuntamiento en Francia comparte un pastel de reyes, tenemos que viajar un poco en el tiempo. La Epifanía es, en su base, una fiesta cristiana que celebra la visita de los Reyes Magos. Sin embargo, la costumbre de la galette con una sorpresa dentro tiene raíces aún más antiguas, probablemente en las fiestas saturnales romanas, donde se designaba a un «rey» por un día.
Todo cambia con la Revolución Francesa. En un país que acababa de guillotinar a su monarca, la idea de «coronar a un rey», aunque fuera de broma con un haba, era como poco, problemática. La tradición chocaba de frente con los nuevos valores republicanos de igualdad, por lo que, durante un tiempo, la galette des rois fue rebautizada como la «gâteau de l’égalité» o pastel de la igualdad.
Esta adaptación fue el germen de la celebración actual. Con la consolidación del laicismo en Francia, especialmente tras la ley de 1905 que separó oficialmente la Iglesia y el Estado, las instituciones públicas buscaron formas de mantener tradiciones populares despojándolas de su carga religiosa. Así, los ayuntamientos y otras entidades oficiales adoptaron la galette como un gesto de confraternización ciudadana, una celebración secular perfectamente alineada con los principios de la República.
La galette de la fraternidad: una celebración sin rey ni fève para honrar la igualdad
La principal diferencia entre una galette des rois tradicional y una republicana es un pequeño detalle que lo cambia todo: la ausencia de la fève. En esta versión laica, no hay figurita, ni haba, ni sorpresa escondida en el hojaldre. ¿El motivo? Es puramente simbólico y muy potente.
Al eliminar la fève, se elimina la posibilidad de “tirer les rois”, es decir, de coronar a un rey o una reina. Este gesto es una afirmación directa del principio de igualdad, pilar fundamental de la República francesa. En un acto oficial, en un ayuntamiento o incluso en el Palacio del Elíseo, no puede haber un ciudadano por encima de otro, ni siquiera en un juego.
Así, el foco de la celebración se desplaza. Ya no se trata de ver quién tiene suerte y lleva la corona, sino del simple hecho de reunirse para compartir el pastel. Se convierte en un puro acto de fraternidad y convivencia. Un ejemplo célebre es la galleta gigante que se sirve cada año en el Palacio del Elíseo al Presidente de la República; por tradición, esta galleta nunca contiene fève, reafirmando que en la República no hay más rey que el pueblo.

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Más que un postre: el simbolismo de la Epifanía como acto de convivencia ciudadana
La Epifanía republicana transforma un simple postre en una potente herramienta de convivencia ciudadana. Estos eventos, organizados por las municipalidades, son mucho más que una anécdota culinaria; son una manifestación de la vida cívica. Suelen coincidir con los «vœux du maire», el tradicional discurso de buenos deseos del alcalde para el año nuevo, convirtiéndose en un momento clave para la comunidad local.
Al reunir a empleados municipales, representantes de asociaciones y, en ocasiones, a la ciudadanía en general, el acto de compartir la galette se convierte en un símbolo de unidad. Es una oportunidad para el diálogo y la integración social en un ambiente distendido y fuera de la rigidez de los actos puramente protocolarios. No se celebra nada religioso, sino el simple placer de estar juntos y empezar el año como una comunidad unida.
En definitiva, esta costumbre es un ejemplo perfecto de lo que en Francia se conoce como «laicidad positiva». No se trata de eliminar las tradiciones, sino de adaptarlas para que puedan ser compartidas por todas y todos, sin importar sus creencias. La galette se convierte así en un vehículo para la confraternización ciudadana, demostrando que los valores de la República también se pueden celebrar y saborear.
